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Más allá del tiempo frente a la pantalla: la señal de alerta está en la dependencia digital

La incapacidad para desconectarse comienza a relacionarse con alteraciones del sueño, estado de ánimo y conducta

Foto: Freepik

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Mientras el debate público suele centrarse en limitar las horas que niños y adolescentes pasan en el celular, una nueva investigación con más de 8 mil preadolescentes revela que el verdadero foco de riesgo está en el uso problemático de teléfonos móviles, redes sociales y videojuegos. Es decir, cuando el acceso se vuelve difícil de controlar y comienza a afectar el estado de ánimo, el sueño, la escuela o la vida familiar.

En México, donde el acceso a dispositivos móviles inicia cada vez a edades más tempranas y el uso de redes sociales es parte de la rutina diaria, estos hallazgos resultan especialmente relevantes.

Adicción al celular
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Más que horas frente a la pantalla

La Academia Estadounidense de Psiquiatría Infantil y Adolescente advertió que el uso excesivo de pantallas puede vincularse con alteraciones del sueño, bajo rendimiento escolar y dificultades en el desarrollo de habilidades sociales.

Sin embargo, el nuevo estudio —publicado en la revista científica American Journal of Preventive Medicine— aporta un matiz crucial: los efectos negativos en la salud mental son más fuertes cuando el uso es compulsivo o descontrolado, incluso más que por el tiempo total de exposición.

La investigación analizó datos del Adolescent Brain Cognitive Development Study, el mayor seguimiento longitudinal sobre desarrollo cerebral y salud infantil, y encontró que el uso problemático en jóvenes de 11 y 12 años se asocia con:

  • Mayor presencia de síntomas depresivos
  • Problemas de atención y conducta
  • Alteraciones del sueño
  • Inicio temprano en el consumo de sustancias
  • Mayor prevalencia de conductas suicidas

En el caso específico de los videojuegos, también se identificaron aumentos en dificultades emocionales y de comportamiento.

Adicción a Pantallas
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¿Qué es el uso problemático?

Los especialistas lo describen como un patrón en el que el menor:

  • Intenta reducir su tiempo en línea y no puede
  • Se siente irritable o ansioso cuando no tiene acceso
  • Necesita pasar cada vez más tiempo conectado para sentirse satisfecho
  • Experimenta conflictos familiares o escolares por su uso

No se trata necesariamente de una “adicción clínica”, sino de una relación desregulada con la tecnología que empieza a generar consecuencias reales.

Adicción al Celular
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El contexto mexicano: una alerta preventiva

En México, datos oficiales muestran que la mayoría de adolescentes tiene acceso a internet y dispositivos móviles antes de los 13 años. Al mismo tiempo, especialistas en salud mental alertaron sobre el aumento de síntomas depresivos, ansiedad y trastornos del sueño en jóvenes.

La adolescencia temprana —entre los 11 y 14 años— es una etapa particularmente vulnerable: es cuando suelen manifestarse por primera vez muchas condiciones de salud mental. Si en ese momento el uso digital se vuelve compulsivo, el impacto puede amplificarse.

El mensaje no es demonizar la tecnología. No todo el tiempo frente a la pantalla es perjudicial. El problema surge cuando el uso deja de ser una herramienta y se convierte en una necesidad difícil de controlar.

Adicción al celular
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¿Qué pueden hacer familias y escuelas?

Los hallazgos refuerzan la importancia de:

  • Establecer límites claros y consistentes
  • Priorizar el sueño y las actividades presenciales
  • Fomentar espacios libres de pantallas
  • Dialogar sobre lo que consumen en redes y videojuegos
  • Detectar señales tempranas de angustia o aislamiento

Además, especialistas subrayan que las plataformas digitales también deben revisar características de diseño que fomentan la permanencia excesiva, como notificaciones constantes o sistemas de recompensa intermitente.

Lectura
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Una conversación urgente

El crecimiento acelerado del ecosistema digital no se detendrá. Lo que sí puede cambiar es la forma en que se integra en la vida de los niños.

La evidencia científica apunta a una conclusión clara: no basta con contar horas. La clave está en identificar cuándo el uso pierde equilibrio y empieza a afectar el bienestar emocional.

En una generación que crece conectada, aprender a desconectarse también es parte de la salud mental.